“A contra reloj” (Pequeño relato)

Cómo cada mañana, se levantó de la cama, y se dirigió hacia la cocina para poner la cafetera; encendió la chimenea y seguidamente se sentó relajadamente en su mecedora ,encendiéndose un cigarrillo mientras observaba cómo el fuego empezaba a nacer lentamente, hasta cubrir los troncos que emitían unos finos pitidos, y desprendían ese olor a pino aún con los primeros momentos de calor.
Encendió la radio, a bajo volumen para no despertar a las niñas, cuándo justo el locutor anunciaban las 5 de la mañana, y se disponía a recitar las últimas noticias en ese amanecer del día 10 de Enero de 2006.
La cafetera empezó a avisar que el café estaba listo, Alfonso se sirvió en un vaso de cristal café y leche, se sentó junto a la chimenea y empezó a mojar sus galletas en él. Terry, que estaba justo a su lado, intuyendo que ya era la hora del desayuno, empezó a comerse esas galletas mojadas con café tan ricas que le dejaba Alfonso encima del mármol de la chimenea cada mañana.
Alfonso enseguida oyó que alguien bajaba las escaleras, por el sonar de sus zapatillas sabía perfectamente quien se había despertado ya, su mujer, Teresa. Alfonso se levantó y le dio un beso mientras le cedía la mecedora para que se sentara cerca del fuego; le sirvió una taza de café con leche y se sentó en una silla junto a ella.
Estuvieron en silencio durante un par de minutos, hasta que Tere (cómo le llamaba él), le preguntó a qué hora llegaba Isabel. Alfonso le dijo que estaba al llegar, él sabía que iba a venir pronto, su hermana era una mujer muy puntual y más cuándo se trataba de asuntos importantes.
Mientras Tere terminaba de desayunar para ir a vestirse, Alfonso ya salía de la ducha, ya vestido para salir en breve. En ese momento sonó el timbre, Isabel ya había llegado. Tere fue a recibirla, se dieron un fuerte abrazo y entraron en la cocina mientras Isabel le comentaba el frío que hacia en ese pueblo, en Gerona las temperaturas eran ligeramente más altas que en aquel pueblo rodeado de montañas. Tere le ofreció sentarse en la mecedora y una taza de café caliente para que entrara en calor, Isabel aceptó agradecida mientras abrazaba a su hermano.
Cuando ya estuvieron listos, salieron para coger el coche hacia la estación de tren. Conducía Alfonso, le venía bien para no tener que mantener una conversación muy larga; su mente en ese momento estaba en otro lugar, su mujer y su hermana lo sabían,le conocían muy bien, así que le dejaron en sus pensamientos. Una vez en la estación, Isabel fue a la taquilla y compró tres billetes para la Estación de Sants en el centro de Barcelona. Tere y Alfonso la esperaban en el andén fumando un cigarrillo y hablando de sus hijas; tenían tres niñas de 12, 17 y 19 años; siempre tenían cosas de las que hablar, discutir y decidir, y normalmente Afonso era más blando con ellas, cosa que a Tere le encantaba, siempre pensaba que para imponer en casa ya estaba ella, Alfonso adoraba a sus hijas y mientras Tere siempre les imponía el bien y el mal en edades tan difíciles , Alfonso le quitaba hierro al asunto; creando así un conjunto familiar acogedor, y sobretodo con vida, con mucha vida.
Una vez en el tren, Alfonso volvió a su burbuja de reflexiones; Isabel y Tere también callaban, se acercaban ya a su destino, cosa que inconscientemente les provocó unos minutos de silencio en medio del barullo del tren. Tere observaba a Alfonso desde el asiento, sus facciones faciales habían cambiado desde hacía unos minutos, se le habían hundido las mejillas y fruncido el ceño; estaba mirando el paisaje intentando estar relajado, pero inevitablemente, su personalidad transparente no le dejaba disimular su angustia en ese momento.
Alfonso obserbava las agujas del reloj que estaba colgado en la parte superior de la pared de enfrente, eran las 08:55h, y sentado en la sala de espera junto con su mujer y su hermana, empezó a sentir extrema impaciencia por entrar en esa habitación. De repente, una voz de mujer mencionó el nombre y apellidos de Alfonso, ellos la miraron y se levantaron asintiendo, siguiéndola hasta el interior de la habitación.
Se sentaron en las tres sillas que habían enfrente de ese gran escritorio, presidido por un señor bastante canoso, con un aspecto cuidado y amable. Estuvieron unos 30 minutos conversando, Isabel, Tere y el Sr. López; Alfonso simplemente escuchaba, o eso quería demostrar; tal i como estaba avanzando la conversación, él ya sabia la conclusión de esa reunión; su mente ya estaba en otro tema.
Volviendo ya para casa sentados en el tren, Isabel y Tere seguían conversando sobre el mismo tema, Alfonso parecía más tranquilo, Tere observaba como su rostro estaba mucho más relajado. Una vez en el coche, Alfonso decidió poner algo de música, así que puso un disco de Janis Joplins que no dejaron de escuchar hasta que llegaron a casa de Tere y Alfonso.
Cuando llegaron a casa, Lidia, su hija de 17 años, se encontraba en la sala del ordenador, primero entraron Isabel y Tere, mientras Alfonso aparcaba el coche; Lidia las observó cómo entraban y las saludó, ellas la saludaron y le preguntaron cómo llevaba el trabajo que llevaba tantos meses realizando; ella respondió que iba avanzando, a su ritmo, pero avanzaba; y sonrió tímidamente. Su tía y su madre le devolvieron la sonrisa y la animaron a subir a la cocina para merendar juntas. Ella asintió, pero esperó a que llegara su padre. A los pocos minutos entró Alfonso, ella le saludó, y le preguntó cómo había ido girándose hacia él, él la miró con una media sonrisa y le contestó que muy aburrido pero que había ido bien; Lidia le contestó sonriendo que se imaginaba que había sido aburrido para él y le comentó que subía en dos minutos para merendar juntos. Alfonso asintió, bajó la mirada y borró la sonrisa en cuanto sus ojos llegaron al suelo; Lidia sintió de repente una presión en el pecho, sintió que algo no iba bien.
Alfonso subió a la habitación dónde su mujer se cambiaba; le comentó que tenía que subir a la terraza para arreglar las plantas y que bajaba en media hora. Tere, extrañada por esa idea tan inusual en pleno Enero, le asintió y le dijo que le esperaban en la cocina.
Él subió con su radio, empezaba su programa favorito de deportes, tenía que estar al día de todas las jornadas de fútbol, tenía que encontrar una forma, tenía que haber una manera de arreglar esa situación que estaban viviendo él y su familia. Alfonso era el pilar de esa humilde familia, ellas confiaban en que todo contratiempo que existiera, él lo podía solucionar, por muy mal que estuvieran las cosas, él siempre encontraba la forma de seguir. Tenia una hija a punto de ir a la universidad, y otra en camino de ir; su hija mayor ya trabajaba pero aún así tendrían muchos gastos en los próximos años, y jamás se perdonaría que esos objetivos se rompieran por su culpa.
Cogió su libreta de cálculos estadísticos, y continuó con sus cuadros para encontrar una supuesta fórmula de posibles combinaciones para ganar una quiniela. Se le terminaba el tiempo, el locutor en ese preciso momento anunció las siete de la tarde, él se quedó pensativo, sintió que el tiempo empezaba a correr mucho más rápido de lo normal, necesitaba arreglar lo que en unos meses iba a ocurrir, Alfonso confiaba en ellas, sabia que iban a conseguir seguir con sus vidas, eran fuertes; pero inevitablemente, su interior le pedía ayudarlas por última vez.

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